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Diez años después, los media nos devuelven la imagen del capitán perdida ya en el imaginario colectivo. Se le ve sentado, con gesto grave y ese punto de humedad en la mirada triste que solo el paso del tiempo es capaz de labrar en el rostro. Yo le imagino en el puente, solitario, vistiendo un chambergo de charreteras deslucidas, firme y recio frente a las galernas del norte. Aproado el buque, desechada la posibilidad de acomodarlo al abrigo de un puerto, solo queda esperar que la marea negra tiña la costa de la muerte. La fatiga del material no perdona y el desmedido cetáceo agoniza. El peso del fuel engullido hace crujir el casco y un escalofrío recorre la médula de mangouras que siente los estertores de la nave como si fueran propios. Hablaba graves de la profunda relación que en ocasiones se establece entre hombres y máquinas, y de cómo esta urdimbre humaniza tanto a unos como a otras. Esa unión, tejida día a día a lo largo de los años, daba a las máquinas una resistencia muy superior a la establecida y prolongaba su funcionamiento más allá de los límites definidos por los ingenieros. Consciente de ello, el capitán ha venido dilatando la existencia del petrolero mezclando su sangre con el aceite viscoso que engrasa los cojinetes y que, paradójicamente, proviene de la destilación del fuel que lleva en las bodegas y que ahora le causa la muerte. Porque, aunque inerte, la materia es mortal y el untuoso manto rodea lentamente al solitario navegante y simula una performance capaz de disputar a la muralla china su impronta sobre la tierra. No lejos de allí, otra nave se encuentra varada sobre las rocas. La profunda herida en el casco deja penetrar las aguas salobres que la mantienen apoyada sobre el costado de estribor. Esta vez la valía del cargamento es infinitamente inferior y éste, a su vez, poco contaminante. Antes al contrario, pasados unos días los despojos de carne traerán más vida al mare nostrum incrementando la riqueza piscícola. Pero por más que escrutes la cubierta no verás a nadie erguido sobre el puente, y para encontrar al capitán del navío habrás de perderte entre los bares del puerto. Allí, entre humos de cigarro y botas de vino, relata minuciosamente los avatares de una vida en la mar ante un grupo de turistas inglesas. Pide otra copa y brinda a la salud del pasaje, que flota como barricas a la deriva mecidas por el oleaje. Sin duda es un hombre avezado, capaz de enardecer a la tripulación gobernando la nave entre los escollos cercanos a la costa a la vez que hace sonar estruendosamente la sirena del barco. |
dieciséis de diciembre de dos mil doce
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