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Antaño los pastores escupían en la boca a los perros de careo, y esa saliva tosca, con sabor a tabaco, forzaba en el animal una trabazón que perduraría hasta el fin de su vida. Siglos después, los hombres perpetúan este gesto con sus hembras, tras la aparición de un amor embrionario y cruel capaz de sesgar el curso de su existencia. Gérmenes aparte, nadie sabe qué se transfiere en ese intercambio de babas que ya desde el albor de la vida se produce entre la madre y el hijo. A los doce, perdido el aroma a papilla de frutas, la saliva adquiere un sabor almizclero y dulzón que enrarece el aire de los pasillos del cole y agobia al magisterio. En los años que siguen, conforme se debilita la consciencia aumenta el número de secreciones transvasadas, y el deseo, la pasión, se resumen en una armonía aceptable del peache. El amor deviene en pura química y con un poco de suerte transitas tu adolescencia sumido en un profundo y maravilloso encoñamiento. Pero el homo doméstico, su marido para entendernos, es harto inestable en lo que respecta a esa configuración atómica precisa que interesa a la señora. Ella, a su vez, con las primeras náuseas de la gestación parece inclinarse por el sabor a fresas y edulcorantes. La pringosa luna de miel se llena de moscas por momentos y todo tu afán es ofrecerle condones de sabores que ahora resultan inútiles del todo. Inevitablemente, la cosa se complica: hagamos una pausa. Sorbete de limón con cava, una botella de cava, un kilo de helado de limón, tres cucharadas de azúcar y un brick pequeño de nata, cojonudo. Con los nenes gritando desde su cuarto, la saliva va tomando poco a poco un regusto a estreptococo y masilla contra la caries, la misma resina que comparte los rayos uva que curten la piel ajada de la parienta. De otros fluidos, ni hablamos. La peli de madrugada no mejora las cosas y los licenciosos apéndices de la carne evidencian de manera alarmante un geotropismo positivo. Pero de pronto, cuando todo parecía perdido, resulta que todo estaba definitivamente perdido y ahora, tras el clímax, amanece. Me levanto, me lavo de tu cuerpo, me peino apartando tus cabellos, amanece, me duermo de nuevo. Con restos de mucosidades claramente visibles, el gapo se desliza por la porcelana camino del sifón. La oscuridad que precede al alba ampara este revoltijo de flemas que se diluye con la meada caliente antes de accionar el fominaya. Los estertores del agua alertan a la hija de los vecinos que el próximo verano, en un pueblo perdido de la costa, cumplirá doce años. Saliva. Receta tomada de http://www.sorbetedelimon.com |
nueve de abril de dos mil trece
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